Letras de Guiye.

Este es un espacio dedicado a la expreción literaria, de este humilde poeta.

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Bienvenidos a mi perfil. Soy Guillermo Roda, Contador Público.


Tuesday, June 21, 2005

No se olvida de nadie.
Con un toque de humor, reflexión y amor.



Testamento

Al señor juez le dejo esta carta,
para que, con buena fe, la ley imparta.
He decidido dirigirme en este momento,
ha escribir, en mi lenta agonía, este testamento.
Me empiezo a despedir.
Aunque yo, no me quiero ir,
ya ha llegado el momento.
Y conmigo me llevo, sus sentimientos.
Sus bellos recuerdos,
no he de perderlos.
A mi tío Julián,
ese mocito galán,
que nunca me prestó ni siquiera un mango,
a él sólo le dejo: un disco de tango.
A Juan, mi amigo del alma.
Él que siempre me dio su calma,
y me salvó de la deriva,
a él le dejo: mi Chevrolet Meriva.
A mi hermano Benjamín,
aunque fue un real Caín,
fue el único que tuve.
A él al que mantuve,
con quien comparto mi sangre:
el dinero que me debe, ya no tiene que pagarme.
A mis hijas Sol y Ana,
mis dos muñecas de porcelana,
que son mi orgullo de padre,
y que se llevan bien como hermanas:
para que pasen las tardes,
les dejo la casa de fin de semana.
A Tico, mi primo el rico,
que en todo mete su hocico,
especulando en cualquier ocasión.
En la codicia y avaricia perdió la razón.
Que nunca supo lo que es el laburo.
A él solo le dejo: este triste saludo.
A Pepe, mi primo el pobre,
que nunca tubo un cobre,
que trabajó siempre como un buey,
y es un hombre de buena ley.
De humilde espíritu que valoro,
a él le dejo: mis monedas de oro.
Y para quedar bien con Dios,
le doy al necesitado.
Para dar un poco de amor.
Para ser más humano,
en este mundo de otarios.
Al hogarcito de mi barrio,
les dejo y les digo:
para que no tengan frío,
en las tardes de otoño,
es suya mi casa de la calle Oroño.
Para vivir por los que no pueden,
voy a hacer lo que se debe.
Donar mis órganos es vivir,
es latir y es reír,
en los enfermos sanados.
Es servir de algo en este mundo descarado.
A mi amor, mi esposa, mi tesoro,
a ella, la mujer que más añoro;
la que me enseñó de la vida su valor;
la que me curó las heridas y el dolor,
de los días malos;
la que con sus ojos claros,
encuentro la calma,
que me llena de paz el alma.
A ella, mi amor le será eterno,
aunque nos separe el mismo infierno.
Ya ha llegado el momento de decir adiós.
Ya ha llegado la hora de ir con Dios.
Los echaré de menos, y no lo duden,
los estaré observando desde una nube.

Guiye.
28/10/2004.

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